Cambiar el modo de embarcar en los aviones podría reducir el contagio de enfermedades.

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La posibilidad de desplazarse a grandes distancias en poco tiempo y la alta capacidad de los aviones han convertido al transporte aéreo en uno de los medios más utilizados por los viajeros de todo el mundo. Hoy, cualquier persona puede recorrer el planeta en pocas horas, sin embargo, no viaja solo. Cada pasajero mueve con él gérmenes capaces de propagar enfermedades infecciosas a otros individuos, convirtiendo la cabina del avión en el escenario ideal para su transmisión.

Un estudio elaborado por un equipo de expertos multidisciplinario de la Universidad Estatal de Arizona (ASU), en EE.UU., ha analizado los riesgos y ha llegado a la conclusión de que la forma de realizar el embarque y el tamaño del avión tienen un impacto directo en las tasas de infección de los pasajeros.

La obligación de permanecer durante un largo periodo de tiempo en un espacio cerrado, el contacto –inevitable– con otros pasajeros, y la diversidad de sus procedencias geográficas favorecen la transmisión de enfermedades. Por este motivo, cuando se producen episodios epidémicos, como medida preventiva, las autoridades dictan restricciones a los viajeros, aunque reconocen que no existen sistemas infalibles.

Tras simular y estudiar distintos escenarios de embarque con la ayuda de modelos matemáticos, los autores de la investigación han evaluado las posibilidades de propagación de una enfermedad en el caso de que al menos un pasajero la padeciera. Han analizado cómo se mueve la gente dentro del avión y han calculado la rapidez con la que se transmitiría.

El método actual de embarque más habitual utilizado por la mayoría de aerolíneas se lleva a cabo por la parte delantera del avión y obliga al pasaje a entrar por la primera clase y superar las zonas intermedia y trasera.

Sin embargo, los resultados de la investigación indican que esta fórmula no es ni la más rápida ni la más “higiénica”, ya que hace que los pasajeros deban permanecer juntos, en fila, en el pasillo, expuestos a cualquier individuo contagioso, a la espera de alcanzar sus asientos. Mientras tanto, los ocupantes de las primeras filas, ya acomodados en sus butacas, aumentan también el riesgo de adquirir enfermedades infecciosas.

Según los cálculos realizados utilizando este esquema de embarque, si durante una epidemia como la de ébola sufrida entre 2014 y 2015 un pasajero de un vuelo padeciera dicha afección, existiría un 67 % de posibilidades de que en un mes 20 pasajeros también la contrajeran.

Por este motivo, los expertos proponen otra fórmula para subir a bordo más rápida y más segura desde el punto de vista sanitario. Sugieren que un proceso de embarque de dos zonas, en el que la mitad del pasaje ingrese al avión por el frente y la otra mitad por la parte posterior, funcionaría mejor. Mediante la adopción de este método, el estudio encontró que el contacto de los pasajeros se redujo en un 27 %.

Y un menor tiempo en contacto directo con el resto de viajeros se traduciría en probabilidades más bajas de contraer gérmenes.

En lo que respecta al desembarque, el equipo ha determinado que apenas tiene impacto alguno en la transmisión de enfermedades, puesto que es un proceso mucho más rápido, en el que la gente no suele entretenerse y las aglomeraciones duran poco.

Por otra parte, viajar en una aeronave de grandes dimensiones aumenta el riesgo de contagio. De hecho, el estudio constata que los aparatos de menos de 150 butacas ofrecen más oportunidades de evitarlas. La razón es muy simple: transportan un número inferior de personas, tienen menos individuos dentro del radio de contacto y los pasajeros dedican menos tiempo a moverse por el interior del avión para alcanzar sus asientos.

Tras presentar sus conclusiones, el equipo de trabajo de la ASU ha enviado los resultados de su estudio a las autoridades aeronáuticas estadounidenses, que determinarán su viabilidad.

Fuente: Clarin