Jesús Patiño tiembla al recordarlo. Viajaba con su padre Casto Patiño, quien murió un día después del siniestro. Fue apenas hace un mes cuando el joven de 20 años encontró valor para viajar por primera vez a Porlamar a visitar la tumba de su padre.
Las cicatrices y los queloides de Patiño ocupan la mayor parte de sus brazos y piernas. Hace una semana recibió tratamiento laser, pues sus manos se están deformando y aún le falta otra operación. Además recibe tratamiento psicológico. La recuperación no ha sido fácil, pues además de la rehabilitación, los miedos y gastos, no contó con el apoyo económico de Conviasa.
El joven cuenta que desde que pisó el Aeropuerto Internacional Santiago Mariño en Porlamar sabía que algo andaba mal. «No quería irme en avión. Vi las turbinas y para mí no estaban bien, pero me tranquilicé. Pasamos el puente y pensé que íbamos a aterrizar», dijo, pero el avión se precipitó a tierra. «Estaba inconsciente, había mucho fuego, estaba de cabeza, no podía hablar», dice.
Carmen Salazar, de 69 años de edad, recuerda las «fallitas» del ATR-42 «cuando bajaba y subía». Luego vino el impacto, «yo auxilié a mi comadre que es mucho mayor». La sobreviviente sufrió lesiones en la cabeza y un brazo, por lo que recibió varias sesiones de terapia, las cuales s fueron cubiertas económicamente por la aerolínea.
Esperan respuesta
Familiares de los 16 fallecidos en el vuelo 2350 de Conviasa, todavía no han obtenido respuestas de la Junta Investigadora de Accidentes Aéreos, sobre las causas del siniestro.
El representante legal de 29 de las víctimas, William Dugarte, indicó que aun restan dos pruebas para obtener conclusiones de la investigación. La compañía francesa BEA, organismo dependiente del Ministerio de Transportes del país europeo, está a cargo de la reconstrucción virtual de los momentos del vuelo y la compañía ATR, fabricante del avión, de las inspecciones físicas de la aeronave
Dugarte, presidente de la empresa Dugarte-Fidalgo Consultores y Asociados, explicó que el 15 de julio de 2010 representantes de ATR realizaron el boletín 0138, en el cual indicaban que el modelo 42-320 estaba presentado problemas a nivel mundial con el diseño de las bisagras de los elevadores. «Dieron seis meses a las aerolíneas para que realizaran una inspección visual a los controles. Esta no tuvo lugar y el 13 de septiembre ocurrió la tragedia».
De acuerdo con el investigador, varios pilotos entrevistados por el bufete indicaron que habían realizado reportes sobre fallas en los controles de vuelo de la aeronave. A estas alertas, no se prestó la adecuada atención.
La aeronave de Conviasa, además, recibió un mantenimiento tipo C en Estados Unidos entre abril y julio de 2010. No obstante, el Flight Data Recorder no funcionada, cuestión que «evidencia que hubo deficiencia en ese mantenimiento».
«Con el FDR no operativo la aeronave no podía realizar vuelos», dijo. Sin embargo, el avión estaba certificado como aeronavegable.
Advirtieron que las aerolineas venezolanas corren el riesgo de sufrir el mismo accidente hasta tanto la Junta Investigadora de Accidentes Aéreos no presente un informe. Se intentó conseguir la entrevista con miembros de la Junta, pero fue negada.
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