Los 10 estereotipos de pasajeros de avión que siempre molestan.

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Al compartir un espacio, es común malhumorarse con el prójimo. Sin embargo, al tomar conciencia de que lo que se impone es una diferencia de modos, no queda otra que tratar de ser comprensivo, abrirse, relativizar la molestia y aceptar resignadamente la forma de proceder del otro.

Ahora bien, démosle otra vuelta de tuerca al asunto: que una molestia pueda reducirse a una cuestión de puntos de vista no echa por la borda la posibilidad de decir algo al respecto, como proponemos con el siguiente listado de pasajeros de avión potencialmente molestos.
Por suerte no somos tan estrechos: hablamos desde la subjetividad del el pasajero single o en formato dueto que ha viajado mucho y sube al avión con perfil bajo y actitud de “soy tranqui”. En un viaje nocturno promedio de ocho horas, busca cumplir prolijamente los distintos momentos. A saber, ventanilla-despegue, libros y revistas, cena, toilette, libro-música-peli, a dormir, toilette, desayuno, ventanilla, fin del viaje.
Por fuera de este esquema tradicional (y para sonreir un ratito), ofrecemos diez estereotipos de pasajeros molestos recortados de la experiencia aérea. Una guía para identificarlos ¡e identificarse!
1. Expansivos

Lo primero es la invasión física. Una batalla que suele darse silenciosamente con los pasajeros «expansivos» es la contienda de codos. Se sabe, el apoyabrazos fue diseñado para uno, y no hay modo -como en el cine- de que toda la fila se ponga de acuerdo para decidir cuál le toca a quién. También hay problemas en potencia con el pasajero de atrás, cuando le gusta clavarte las rodillas en la espalda, o con el delantero, si pretende bajar el respaldo de su butaca sin echar una miradita de reojo a ver si nos afectará. Y no, no es una solución comprarse el dispositivo mecánico que impide que recline el asiento.
Otros pasajeros que tienden al desparramo, sea por desacartonados como por muy altos, son dignos de reflexión, en especial cuando, dormidos, te tiran la cabeza sobre el hombro o abren las piernas, al punto de tocar, con la rodilla abierta a 180 grados, el territorio nacional determinado para uno, esa línea imaginaria que las personas “ubicadas” visualizamos de entrada. Felizmente hay un recurso de amparo ante del desacato. Un sencillo “disculpe, ¿podría por favor…”.
2. Roncadores

No hace falta mucha descripción para lo que quizás uno ya tolera en su lecho hogareño. Si bien hay muchos niveles de volumen en materia de roncadores, hay que remarcar que mientras más proliferen los pasajeros que ingieren psicofármacos para conciliar el sueño en el avión (un acto desaconsejado sin el asesoramiento clínico de un especialista), más se reproducen los roncadores, con su sueño ultra profundo. La opción de los auriculares puede paliar el problema, pero si el caso requiriera cirugía mayor, lo mejor es darle un empujoncito suave al compañero de banco, de modo que acomode el cuerpo. Una solución, al menos por un rato.
3. Higiene a media asta 

La del pasajero que, o lleva ropa sucia o no se ha bañado por días, es una de las más incómodas situaciones que pueden ocurrir a bordo. Lo es por dos razones. Por un lado, si hubo demoras (de esas largas y tediosas), uno tendría que ser comprensivo con el viajero mugriento: no lo buscó; la situación se le impuso. Si se trata de un joven mochilero que hizo durante un mes una travesía kilométrica, bueno, también habría que abrirse de mente y recordar que todos fuimos jóvenes aventureros alguna vez. Así que en esos casos la incomodidad reside en la impotencia que produce “comprender” esos molestos hedores. Pero también es un escenario incómodo por una segunda razón, y es que (c’est la vie), se le perdone o no la roña al vecino, no hay mucho por hacer.
4. Padres en la lucha 

Los adultos con chicos saben que la única garantía de no convertirse en «el padre que hace todo mal» es guardarse puertas adentro sin salir de casa. Por mucho que uno conozca a su hijo (sus deseos y caprichos), no hay seguro contra el berrinche. Podría ser un bebé que no para de llorar, un chico que, jugando, grita de tan feliz que está, o uno en la cima del capricho. Y seamos sinceros: la circunstancia de la clase Turista no-es-fácil. Uno acepta pasivamente la imposición de dormir sentado, ¿pero por qué un niño debería entender semejante delirio? Así que el escenario es el de una troup impaciente que te mira con cara de “a ver si haces algo ya”. Los dedos acusadores, por suerte, no señalan a las criaturas indefensas sino a los padres, inevitablemente estigmatizados como pasajeros molestos.
5. Insomnes 

En las antípodas del pasajero que ronca está el insomne con pilas de larga duración. Y este es uno de los casos en los que las horas de vuelo se hacen eternas, en especial si uno posee, también, alguna dificultad para conciliar el sueño, que se ve notablemente acentuada por el molesto de al lado.
Por ejemplo: se pone los auriculares a todo volumen, hace ruido tipeando en la notebook, tiene la luz individual encendida a las 3 de la mañana o, peor, se mata de la risa con la película que mira o la revista que lee. Las soluciones se reducen al suplicante “por favor” o a promover, ante las autoridades correspondientes, una restricción para los sistemas de entretenimiento a bordo (¡¡¡un millón y medio de canales de diversión a toda hora!!!), de modo que no funcionen a la hora de dormir.
6. Verborrágicos 

Están en todas partes, en la cola del banco, en el colectivo, el subterráneo, en el avión. Buscan complicidad. Y molestan, no tanto por ser charlatanes sin remedio sino por su incapacidad para registrar al prójimo. 
Buscan tema de conversación y, cuando lo encuentran, no dejan de hablar de sí mismos. O peor: ¡preguntan! Preguntan sin parar. Quieren saber todo: a qué te dedicas, si estás casado, si tienes chicos, si te divorciaste (¡por qué te divorciaste!), si viajas por trabajo, placer, vacaciones, si te esperan en el aeropuerto, adónde vas después, qué piensas de la política nacional, del Papa y de las aerolíneas, cuánto te afecta la osteoporsis del cangrejo y, al final, como si no hubiera sido suficiente ponerte los auriculares para sugerir “¿te puedes callar un rato?”, te piden tu mail. “Así quedamos en contacto, ¿no?”.
7. Fóbicos y alarmistas 

Se sabe que el avión puede moverse. Es impredecible. Si la situación se pone álgida con las turbulencias (esa sensación de estar a bordo de un 60 destartalado en una calle empedrada) y uno intenta mantenerse tranquilo, pocas cosas son peores que tener un fóbico al lado, preguntándole a la tripulación si está todo bien, preguntándote a vos si está todo bien y pidiéndole a Zeus y demás deidades “que por favor esté todo bien”.
También están los que, con sus afirmaciones (ellos “ya saben”), te dejan con cara de póker. Arrancan con el drama antes del despegue: “Vi el pronóstico y parece que va a estar horrible a la altura del Ecuador”. O quizás: “Ya estamos demorados… seguro hay algún problema técnico. Siempre pasa con estos airbus nuevos. Ya me pasó con esta aerolínea”.
8. Disconformes

Que antes daban comida en serio y ahora unos coditos insípidos con salsa blanca artificial. Que antes te daban una botellita de vino y ahora sólo gaseosas light rebajadas con kilos de hielo. Que antes no te cobraban extras, los baños eran más grandes, se podía fumar, las azafatas eran más amables, los asientos más cómodos y más anchos; las películas, mejores; te daban mantita y kit de baño, el mundo era más conveniente para la humanidad, los jóvenes más educados, los niños menos bochincheros, no había riesgo ecológico, los políticos eran más recatados y honestos; los viajes por el mundo, mucho más accesibles, y todos teníamos más dinero. No hay remedio para los pasajeros que protestan sin límite. Nada les viene bien. Como los verborrágicos, buscan cómplices y tampoco saben escuchar.
9. Incontinentes 
Los incontinentes son una variedad particular, cruza de insomnes y expansivos. Creeríamos que quieren ser verborrágicos, pero el habla se les va por la tangente en la forma de una ansiedad particular. Los hay de varios tipos, pero algo los unifica: como sea y a toda hora, ellos quieren salir al pasillo. Piden permiso y simplemente andan. O necesitan alguna prenda u objeto personal de los compartimentos superiores para el equipaje, o son incontinentes por que no paran de ir al baño o, sin otro deseo que estirar las piernas, salen a caminar a cada rato, molestan cuando el carrito de comida está en la mitad del pasillo y te despiertan con otro “permiso” en el momento en que justo te habías dormido.
10. La pareja feliz 

Estos son los que engañan. A primeras no son molestos, aunque estás en una fila de tres asientos. Están de luna de miel, con el entusiasmo de la juventud y el romance en sus gloriosos días de primavera. Dan ternura. Después arrancan con los besos. Uno tiene la sensación de que en algún momento pararán, pero no. Siguen los besos y vienen con ruido, risitas y susurros. La cosa, de todos modos, se aguanta mientras no se apaga la luz, ese momento decretado oficialmente como la hora de dormir. Pero empeora: no paran de charlar y de besarse, y no se duermen hasta la madrugada, con sus declaraciones de amor eterno y los planes para el viaje y la vida, en general. Encienden la luz, miran la guía de Italia, señalan los lugares, buscan en el mapa, leen en voz alta. Entonces uno entiende y sin preludio se avergüenza: te dan un poco de envidia. Ellos comparten, comparten y comparten.