La ONU incluye la estela de los aviones como una nueva nube.

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Con una fama legendaria entre los apasionados de las nubes, el Atlas Internacional de Nubes es la única fuente autorizada y la referencia más exhaustiva para identificar nubes. Tiene sus raíces a finales del siglo XIX y fue revisado en varias ocasiones durante el siglo XX, la última en 1987, cuando todavía tenía formato de libro impreso. Ahora, la Organización Meteorológica Mundial (OMM), agencia de la ONU especializada en el tiempo, el agua y el clima, ha llevado a cabo una nueva revisión, coordinada por el Observatorio de Hong Kong, que incluye doce tipos nuevos recientemente clasificados, y por primera vez se publica en formato digital.

Además, «cuenta con la novedad de que muchas de las fotografías se han solicitado a observadores de meteorología tanto profesionales como aficionados, que altruistamente han donado las imágenes a la OMM y, tras un filtro exhaustivo, han pasado a formar parte del atlas», explica Rubén del Campo, portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet). Y es que la observación de nubes gana adeptos y ha servido para avanzar en el estudio de este fenómeno de la atmósfera. «Con la proliferación de los teléfonos móviles, de las cámaras digitales y del mundo digital en general esta afición se ha popularizado. Ahora es mucho más fácil encontrar imágenes de nubes, que un aficionado comparte en las redes, que hace años», dice el meteorólogo.

La revisión del atlas incluye doce tipos nuevos de nubes: las asperitas, las nubes agujero (Cavum), las rodillo (Volutus), cuatro supercélulas (Fluctus, Cauda, Flumen y Murus) y cinco nuevas nubes «especiales»: las procedentes de incendios forestales (Flammagenitus), las de origen antropogénico (Homogenitus y Homomutatus), las de los bosques húmedos (Silvagenitus) y las de las cataratas (Cataractagenitus).

El sufijo «genitus» indica que hay factores localizados que generan la formación o el crecimiento de nubes, mientras que «mutatus» se añade cuando esos factores hacen que la nube mute a una forma distinta, según explican desde la OMM. Estas nubes especiales están influenciadas por el calor localizado de los incendios forestales, por el ser humano, por la saturación del aire por encima de los bosques y por las grandes cascadas, respectivamente.

Las asperitas, rugosas

Sin duda, las más espectaculares son las asperitas, cuenta Del Campo. «Su nombre hace referencia a rugosidad, son unas nubes muy densas y que habitualmente en su base tienen bastantes surcos, ondulaciones, de manera un tanto caótica e irregular. No está muy claro por qué se forman, pero parece que cierta turbulencia en la base de la nubosidad está detrás de su formación». Aunque no son demasiado habituales, se han visto en muchas regiones. En España, se observaron en la isla de Tenerife a finales de noviembre de 2015.

Además, se ha introducido el rasgo accesorio Cavum, las llamadas nubes agujero. «Habitualmente es un estrato de nubes medias o altas, una capa formada por altocúmulos o cirrocúmulos, que son lo que solemos llamar borreguitos. En una zona central de la nube se forma un agujero del que se desprenden unos cristalitos de hielo. La causa de la formación de estas nubes es una reacción en cadena, que a veces se desencadena por el paso de un avión, por eso son relativamente habituales en zonas con mucho tráfico aéreo, como Estados Unidos».

«Entendiendo las nubes» es el tema elegido para el Día Meteorológico Mundial, que se celebra el 23 de marzo, con el fin de resaltar la enorme importancia que revisten las nubes para el tiempo, el agua y el clima. Así, las nubes son fundamentales para las observaciones y predicciones del tiempo; tienen un papel decisivo en el ciclo del agua y en la estructura de la distribución global de los recursos hídricos, y son una de las principales incógnitas del estudio del cambio climático: necesitamos entender mejor cómo afectan las nubes al clima y cómo afectará un clima cambiante a las nubes.

Efecto invernadero

En este sentido, Rubén del Campo explica que, aunque aún hay mucha incertidumbre y hacen falta más estudios, «parece que las nubes altas podrían tener cierto efecto de calentamiento en el sistema climático». La explicación es que «las nubes altas permiten pasar la radiación de onda corta que nos llega desde el Sol, pero tienen cierto efecto invernadero, impidiendo que toda la radiación que la Tierra emite en onda más larga salga».

El 1 por 1.000 de las nubes altas que en un momento dado hay en el planeta son de origen antropogénico, y las más habituales son las procedentes de las estelas de condensación producidas por los gases de escape de los motores de los aviones. Esto significa que la aviación podría estar contribuyendo al efecto invernadero por dos vías: la emisión de gases de efecto invernadero y la formación de nubes altas.

Del Campo, que es un verdadero apasionado de las nubes, explica que en nuestro país el mejor momento para ver nubes es en las estaciones equinocciales, en primavera y otoño, que es «cuando tenemos más habitualmente el paso de los frentes y de las borrascas por encima de la Península y, por tanto, más variedad de nubes podemos observar. Con el tiempo anticiclónico, en verano, normalmente las nubes desaparecen, pero a veces en verano llegan danas o vaguadas, aire frío en altura, que da lugar a las nubes más espectaculares que puede haber, que son los cumulonimbos de tormenta, y en invierno son habituales los estratos, que son esas nubes que quedan en los fondos de los valles», afirma el meteorólogo.

Además, el nuevo atlas de la OMM, un tesoro oculto de cientos de imágenes de nubes, incluye fotografías de otros fenómenos meteorológicos como el arcoíris, el halo, los tornados de nieve y el granizo.

Por: Araceli Acosta – ABC