La Industria

¿Cómo era volar en un Concorde?

A principios de este año, un Boeing 787 Dreamliner de la aerolínea Norwegian Air voló de Nueva York a Londres en un tiempo récord de cinco horas y 13 minutos, aterrizando casi una hora antes de lo previsto.

Estableció un récord, claro, pero para un avión subsónico.

En 1976, hace más de 40 años, pasajeros pudientes cruzaban el Atlántico en menos de tres horas y media, volando al doble de velocidad que el sonido en el supersónico Concorde anglo-francés.

Solo se construyeron 20 de esos aviones SST de ala delta, y solamente 14 se entregaron a dos aerolíneas, siete a Air France y siete a British Airways.

Con un servicio y una cocina excelentes, salones exclusivos en los aeropuertos y vuelos aéreos estratosféricos, los pasajeros del Concorde volaron muy por encima de otros aviones y volaron más rápido que los aviones de combate a sus destinos.

Pero, ¿cómo era realmente codearse con los ricos y famosos en un vuelo Concorde? CNN Travel lo averiguó entre quienes fueron sus pasajeros.

“A los sobrecargos les encantaba, a los pasajeros les encantaba”, cuenta Richard Quest de CNN, que voló cinco veces con el Concorde. “Estabas consciente de ser parte de un grupo muy pequeño de personas que tenían el privilegio de estar en el Concorde”.

“El Concorde era extremadamente pequeño, solo unos 100 asientos. Tenía asientos tipo oficina, como entre butaca y sillón, y ventanas muy pequeñas. Era ruidoso, muy ruidoso, pero apuesto que cualquiera hubiera sonreído de oreja a oreja al subir”.

Con un ancho fuselaje de aproximadamente 2.63 metros, la cabina del Concorde era más ancha que la del actual Bombardier Regional Jet. El SST tenía un pasillo único, con una configuración de dos asientos a cada lado.

“La disposición real del avión era en dos secciones: había una sección frontal, luego un lavabo en el medio y luego una sección posterior”, explica Quest.

“Las dos secciones eran idénticas, no distintas como una de primera clase y una ejecutiva. Pero siempre había cierto estatus si estabas en la sección delantera”.

Aunque el Concorde tenía sus clientes habituales, entre ellos el empresario Fred Finn, que voló en él 718 veces, cualquier pasajero novato podía estar a bordo para vivir su única experiencia supersónica.

Así le pasó a Su Marshall, una canadiense que recibió como obsequio un vuelo de Air France desde Nueva York a París de parte de su entonces novio, “que tenía más dinero que Midas”.

En la sala del Concorde del aeropuerto JFK, Marshall conversó con una elegante mujer francesa, y admitió que era su primer vuelo en el SST.

“Ella volaba regularmente en el Concorde, y me susurró cándidamente: ‘Será mejor que vayas al baño ahora. Es imposible orinar una vez en el aire. Demasiado pequeño’”, dijo Su.

“Para una chica acostumbrada a volar en clase económica, una vez que atravesé las puertas del elegante y diminuto cuerpo del Concorde, supe que había entrado en la atmósfera enrarecida de dioses y reyes. Pero caray, las cosas eran pequeñas y estrechas. Cuero, lujo y copas de champán sin fin, pero realmente angosto”.

“Pero oye, ¿tres horas y media a París? Me aguanté”, ríe Marshall.

En la década de 1980, Richard Ford estaba en el equipo de Landor Associates comisionado para actualizar el interior del Concorde para British Airways.

“Como parte del trabajo técnico, era importante aprender más sobre la experiencia de volar. Tuve el privilegio de tener la oportunidad de realizar un viaje redondo de Nueva York a Londres ¡en un día!”, relata Ford.

“A pesar de su pequeño tamaño, se sentía más como un jet ejecutivo que como un avión comercial, muy emocionante”, agrega.

“La calidad y el estilo del servicio de comida fue excepcional, y me quedé con un certificado firmado como prueba de mi vuelo”.

Años después, para reunirse con un cliente importante, Ford voló en el Concorde una vez más, pero como pasajero regular pagando su boleto.

“Sentí, de una forma más profunda, que había ingresado a un club privado. Fue una breve probadita de una vida que no conocía, cortés, considerada y bellamente detallada. Era imposible no sentirse mimado y valorado”, dice Ford.

El Concorde fue desarrollado en una época en que la industria de la aviación estaba centrada en los viajes aéreos supersónicos.

A principios de la década de 1960, los ingenieros aeronáuticos no contaban con las herramientas de diseño y análisis actuales. Pero los diseñadores del Concorde idearon un avión notablemente avanzado y único.

El Concorde fue el primer avión de pasajeros, y todavía sigue siendo el único, que tenía turborreactores de postcombustión. En este sistema, llamado “reheat” por los británicos, el combustible entraba por el escape de los cuatro motores del avión, aumentando de inmediato la fuerza propulsora de los motores en casi un 20%.

“El Concorde era muy diferente a los aviones subsónicos en ese entonces. No tenía aletas tipo flap o slap y siempre usaba toda la potencia con reheat para el despegue”, explica el excapitán John Tye de British Airways Concorde.

“Cada despegue era una experiencia fenomenal, el desempeño era tal que tuvimos que advertir a los pasajeros de antemano. El rugido de los motores Rolls-Royce Olympus, combinado con el hecho de ser empujados hacia atrás en su asiento, era como ningún otro avión civil. “

El reheat también se usó para propulsar el avión de velocidades subsónicas a supersónicas.

A una velocidad Mach 2 (2,173 kilómetros por hora) a 18,288 metros, el Concorde volaba ocho kilómetros más arriba y 1,287 kph más rápido que el 747 subsónico que avanzaba pesadamente a través del Atlántico.

La charla por radio entre aviones llegaba a ser interesante, según Tye. “A menudo advertiríamos a estos aviones más lentos que íbamos a pasar, en caso de que el estruendo sónico los alarmara, ya que pasábamos más rápido que una bala de fusil”.

FIN DE UNA ERA

En 1976, la presión social por las preocupaciones relativas al ruido del avión y el estruendo o choque sónico provocó la cancelación de prácticamente todos los pedidos del Concorde, British Airways y Air France se quedaron como las únicas aerolíneas que volaban el SST.

El avión sufrió su único accidente en julio del año 2000 cuando un Concorde de Air France se estrelló justo después del despegue en París, matando a las 109 personas a bordo y cuatro en tierra.

El Concorde volvió al servicio en noviembre de 2001, pero la edad y los crecientes costos operativos y de revisión repercutieron en los aviones después de casi 30 años en el aire.

Richard Quest voló, junto con numerosas celebridades, en el último vuelo del British Airways Concorde, en octubre de 2003.

De ese vuelo, Quest recuerda: “No importaba cuán famoso fueras, la estrella era el avión”.

Aunque el Concorde ya no surca los cielos, puedes visitarlo en varios museos de aviación alrededor del mundo. Estos son algunos de los mejores:

Aerospace Bristol (Reino Unido) – Un nuevo museo construido alrededor del Alpha Foxtrot, el último Concorde en volar. El museo, cerca de la fábrica de aviones donde se desarrolló el Concorde, explora la industria de la aviación del Reino Unido. (Hayes Way, Patchway, Bristol BS34 5BZ; +44 117 931 5315)

Musée de l’Air et de l’Espace, París Le Bourget (Francia) – Es un estupendo museo aeronáutico cerca de París dedicado a la historia de los vuelos tripulados, desde aviones de madera hasta cohetes espaciales, y contiene dos Concordes, incluyendo el primero que despegó. (Aéroport de Paris-Le Bourget, 93350 Le Bourget; +33 1 49 92 70 00)

Intrepid Sea, Air & Space Museum (Nueva York) – Leviatanes del aire, del mar y del espacio descansan en este museo con vistas al río Hudson. El British Airways Concorde Alpha Delta se une a una lista que incluye el transbordador espacial Enterprise, el portaaviones Intrepid y el submarino Growler. (Pier 86, W 46th St y 12th Ave, Nueva York; +01 212-245-0072)

Auto & Technik Museum Sinsheim (Alemania) – Las maravillas de la ingeniería del motor a través de las épocas es el tema de este museo cerca de Frankfurt. El Concorde ocupa el lugar de honor con otro pináculo de la historia reciente del transporte: un Delorean DMC-12.

Por: Howard Slutsken – Expansión

Foto: Suzanne Plunkett