La confrontación pública entre Michael O’Leary, CEO de Ryanair, y Elon Musk ha escalado de un desacuerdo técnico a un episodio con implicaciones comerciales, regulatorias y de mercado. El detonante: la decisión de la aerolínea de descartar el uso de Starlink para conectividad a bordo en una flota que supera los 600 aviones, y la respuesta del fundador de SpaceX con ataques personales y sugerencias de compra. O’Leary, fiel a su estilo, respondió con cifras, reglas europeas y un mensaje claro: inversión sí, control no.
Starlink fuera de la cabina: costes y adopción real
Ryanair confirmó que mantuvo conversaciones durante 12 meses con Starlink mientras evaluaba soluciones de WiFi a bordo. La conclusión fue tajante: el coste es demasiado alto. Según O’Leary, la adopción del sistema podría suponer hasta 250 millones de dólares anuales, incluido el mayor consumo de combustible.
El punto técnico más controvertido fue el impacto aerodinámico. O’Leary calificó como “una estupidez” la afirmación de Musk de que las antenas de Starlink no generan resistencia, subrayando el efecto directo que cualquier incremento de resistencia tiene en la cuenta de combustible de una aerolínea ultra low cost.
Además del CAPEX y OPEX, Ryanair chocó con Starlink en un aspecto clave del modelo de negocio: la tasa de pago por parte del pasajero.
- Starlink estimaba que el 90% de los pasajeros pagaría por WiFi.
- Ryanair, apoyada en su experiencia, cree que menos del 10% estaría dispuesto a hacerlo.
Para la aerolínea, ese desajuste invalida la ecuación económica, más aún cuando Ryanair buscaba un proveedor dispuesto a financiar la instalación.
¿Compra de Ryanair? La barrera regulatoria europea
Tras descartar Starlink, Musk sugirió públicamente que podría comprar Ryanair y “poner a alguien cuyo nombre sea Ryan al mando”. Incluso lanzó una encuesta en X en la que tres cuartas partes de los participantes apoyaron la idea.
La respuesta de O’Leary fue directa y basada en normativa: las reglas de la Unión Europea sobre propiedad extranjera de aerolíneas impiden cualquier toma de control.
“Si quiere invertir en Ryanair, nos parecería una muy buena inversión”, dijo O’Leary, añadiendo que los retornos serían mejores que los de X. “Puede comprar acciones, pero no puede tomar el control”.
Efecto colateral positivo: más reservas
Lejos de dañar la demanda, el CEO aseguró que la polémica está generando un “maravilloso impulso” en las reservas.
- Incremento del 2% al 3% en los últimos cinco días, un volumen “muy significativo” dado el tamaño de Ryanair.
- Reservas sólidas entre enero y marzo, el último trimestre del ejercicio fiscal de la compañía.
En el mercado, la lectura fue más fría: las acciones subieron un 2% en la jornada, pero se han movido poco durante el enfrentamiento, señal de que los inversores no toman en serio la hipótesis de una adquisición.
→ Ryanair supera los 206 millones de pasajeros en 2025
Precios, capacidad y el ruido geopolítico
De cara al próximo año, O’Leary anticipó que las tarifas medias podrían subir entre un 2% y un 4%, impulsadas por la capacidad ajustada en Europa, aunque matizó con cautela: “Aún no tenemos ni idea”.
En el frente geopolítico, el directivo evitó conclusiones sobre el posible impacto de una guerra comercial UE–EE. UU., tras la amenaza de aranceles vinculados a tensiones políticas. Sí dejó una advertencia relevante para la cadena de suministro: no está seguro de que Boeing absorba el coste de eventuales aranceles sobre entregas de aviones estadounidenses a Europa.
El episodio confirma tres constantes del modelo Ryanair: disciplina de costes, escepticismo ante promesas tecnológicas sin retorno probado y uso estratégico de la visibilidad mediática. Starlink queda fuera por ahora; la puerta a un inversor de alto perfil permanece entreabierta, pero la cabina de mando sigue bajo control europeo.
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Un apasionado por la aviación, Fundador y CEO de Aviación al Día.
